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  1. Los arándanos

    jueves, 11 de marzo de 2010

    Hace 11 años pasé por primera vez un mes de verano en el extranjero. Era una de esas becas que concedía el Ministerio de Educación para que los de mi generación supiéramos algo de inglés al llegar a mi edad. Seguro que alguien previsor ya se imaginaba que los Ni-Ni estaban a la vuelta de la esquina. No sé si su esfuerzo sirvió para algo. Ese año me tocó en suerte un pequeño y anodino pueblo inglés (Kettering), donde no había casi nada que hacer por las tardes, aparte de ir a un polideportivo o a una asquerosa piscina climatizada. En verano, sí. El clima no daba para mucho más.

    Aprendí de todo ese agosto. Nos divertíamos engañando a nuestras hermanas adoptivas japonesas, que nos ganaban en edad pero no en espabile. Se fueron todas de Inglaterra con monedas de 5 duros, de esas que tenían agujero, colgadas de una cinta al cuello porque les dijimos que eso era lo más "typical Spanish". Además, ampliaron su vocabulario de español con expresiones útiles como "me gusta tu culito". Por mi parte, desarrollé una técnica para esconder el kidney pie (pastel de hígado) que me daba mi madre adoptiva y después alimentar a sus perros. Ella era una enfermera prejubilada con tintes nazis cuyo marido parecía (y seguramente era) un albañil gitano. Una pareja peculiar. También hice algunos buenos amigos, aunque no los localizo en Facebook. Lloramos todos al despedirnos. Se ve que nos anticipábamos a Gran Hermano, porque en ese mes todo se "magnificaba".

    Recuerdo muy bien que me compré unas Doc Martens rojas y me calé bajo la lluvia veraniega en un picnic en Hyde Park. Entonces aún rebobinábamos casettes. A mí me acompañaron, entre otros, los que grabé de Cardigans, Beatles y The Cranberries. Mañana voy a disfrutar de esa cinta en directo. Supongo que Dolores O'Riordan no será la de los 90 pero al menos me traerá buenos recuerdos de un verano en el que hubo hasta un eclipse de sol.

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  2. La Rusa Roja

    sábado, 7 de febrero de 2009

    Foto: Palindroma


    El lunes, ojeando la Rolling Stone, veo un anuncio de un concierto privado. El martes envío un correo. Espero respuesta el miércoles pero esta no llega. El jueves me quedo en casa, con el estómago destrozado. A mediodía recibo una llamada y escucho las palabras mágicas: "estás en lista". Llego al Hard Rock Cafe quince minutos antes de la hora. Me sorprende la cantidad de yanquies que pueden aglomerarse en un bar de moda. Por un momento, siento que no estoy en España. Bajamos a las profundidades. Nos ponen una pulsera como si fuéramos al Caribe (mal rollo). Pido una Fanta de limón (¡qué malota) pero solo tienen Kas y sabe a medicina.
    Os sitúo: a la izquierda, la barra; de frente, un escenario tamaño Lego con su guitarra y dos micros; detrás, la mesa de sonido.

    De repente, el sitio empieza a llenarse de pijos con caballos y cocodrilos y pijas que están más morenas que Julio Iglesias. Van embutidas en vestidos mínimos y muy maquilladas. Todos se hacen fotos con un tipo que parece el mandamás de la revista. La sala ya se ha llenado (60 personas) y la artista se hace de rogar. Nos colocamos al lado de un par de gafapastas que resultan ser amigos de la Rusa. El jefecito procede con las presentaciones. No sabe hablar y no sabe inglés. Por la puerta de atrás aparece una chica con aspecto de quinceañera rebelde con un modelito de lo más vintage. Incluye una camiseta parecida a la que yo uso para dormir en verano.

    Toca "I'm down". Mira a mi acompañante. Al principio, creo que se acuerda de que en la Heineken estábamos en primera fila. Después, descubro que solo dos personas conocemos la canción. Sube alguien a afinar la guitarra antes del segundo tema. Ella habla más de lo normal. Puede que el orden no sea este pero toca: "Nice thick feathers", "The Scientist" (los pijos tampoco conocen a Coldplay), "Walls are tired", "Cigarettes" (por fin alguien hace como que canta), una nueva reciente y "Crying" de R. Orbison.

    Media hora escasa de música en estado puro. Esperamos un bis que no se produce. Los pijos se lanzan a por las bandejas de canapés y a hacerse fotos con la Rusa. Hablo con ella un minuto. Es agradable aunque está tan roja como yo (puede que más). Me gusta que le guste Auster y espero que siga componiendo igual. Pero, ante todo, espero que no deje de encantarme cuando sea menos indie.

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  3. 1756-1791

    domingo, 18 de enero de 2009

    ¿Reconoces lo que representan estas fechas sin recurrir a San Google? Si es así, eres miembro de una secta. Yo también lo fui y, en parte, lo sigo siendo. Está claro que los músicos son (somos) de otra pasta. Desde niños, los músicos empiezan a aprender términos como mordente, cerda o aria da capo. Normal que se traumaticen antes que el resto.

    Luego, en los botellones, se dedican a entonar el Canon de Pachelbel a cuatro voces, hasta el punto de odiarlo tanto que, años después, exigen no escucharlo, bajo ningún concepto, en sus bodas, especialmente cellos y contrabajos.

    Los músicos no cuentan chistes de Jaimito, sino de violas. Éstos son incomprensibles y muy malos.

    Además, se organizan en una jerarquía sectaria. En el estrato inferior, casi rozando el cuarto de tono de distancia de la nota real, están violas y tubas. En la cumbre asoman la cabeza los "concertinos" (reconocibles por su ego). Como todos, son seguidores de una fe monoteísta similar a la católica. Hay un padre (Bach), un hijo (Mozart), concebido por una María que se parece a Anne-Sophie Mütter, y un Espíritu Santo (el director de turno).

    Es difícil convivir con músicos. Las reuniones de su secta están formadas por parejas (quién sabe si tríos o cuartetos) de fieles sinécdoques. Puedo contar que mi amiga "flauta" sale con un "guitarra" y mi amigo "violín" está loco por una "oboe". Las "arpas" son para darles de comer aparte. Cualquier historia relacionada con haberse ligado a una arpista forma parte de la categoría de leyenda urbana. En estos actos sociales, es difícil meter baza si no eres sectario o no conoces su jerga. Es parecido a salir con un grupo de informáticos. Puedes pasarte horas escuchando hablar de los estudios de un tal Hindemith (que mejor si no hubiera nacido) y de la genialidad de Mähler y sus modulaciones.

    Advertidos estáis...

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